jueves, 3 de abril de 2014

Abril en la Quiaca por Carlos Semorile




El “feis” tiene estas cosas de que aparece una inocente foto fronteriza e involuntariamente se te disparan algunos recuerdos. Corría 1985 y no digo que se hablara únicamente del cometa Halley, pero sí que era un tema –por decir lo menos- recurrente en los medios. Se insistía, por ejemplo, en que su deriva lo aproximaría a nuestro planeta como ya había ocurrido en 1910, pero, claro, sin la paranoia delirante de aquellos años locos. En el plano estrictamente local, comenzaron a postularse las comarcas desde las que podría verse más nítidamente el paso flamígero de su cabellera, y entonces el Norte argentino picó en punta como observatorio natural del fenómeno. De allí nació en la barra de amigos una idea peregrina: juntarnos en Humahuaca cerca de diez cuates y avanzar desde allí hacia La Quiaca filosofando, con las miradas puestas en el cielo y los instintos bien aferrados a la tierra.

Conforme avanzaban los meses, nos fuimos dando cuenta de la suma fatal de diversas imposibilidades. Nuestra juventud y, por ende, nuestra cerril estrechez conspiraba seriamente contra el proyecto. Quien no tenía un trabajo que lo ataba, cursaba una carrera que ídem o corría el riesgo de abandonar un noviazgo prometedor. Sin embargo, ninguno aflojaba y entonces decidimos que cada quien saldría cuándo pudiera hacerlo y, por los medios a su alcance, tomaría el camino que en cada caso lo llevara a estar el 10 de abril de 1986 en la quimérica plaza central de La Quiaca, cuya existencia real y no imaginada era para nosotros un completo misterio. O sea: “Abril en La Quiaca”.

Mantuvimos el lema cual si fuera un estandarte de los cruzados, y con él nos dimos ánimos y buscamos mantener la moral en alto. Pero lo cierto fue que, de la casi decena inicial de amigos, sólo tres rumbeamos para el Norte: el flaco Alejandro Tiscornia por su lado, y Sandra Palomares y un servidor, como la pareja que éramos, por nuestra cuenta. Con las arcas vacías, nuestro equipaje consistía en las prendas más imprescindibles y en muchos panes de centeno tipo ladrillo, de esos que pesan toneladas y masticás sólo si sos guapo o tenés mucho ragú. En Retiro nos tomamos el tren que nos depositó en Tucumán, ciudad que atravesamos con el espanto de ver todavía en sus paredes pintadas “anti-terroristas” que oprimían los corazones y las conciencias. Salimos de raje para Salta, sin chances de conocerla y disfrutarla, tan flacos teníamos los bolsillos. En Jujuy, hicimos el transbordo a un mini micro que comenzó al ascenso hacia el frío intenso y las cornisas inmensurables: al primero lo combatimos con hojas y más hojas de diario (nunca le debimos tanto al “gran diario argentino”), y la noche –piadosa nos ocultó los precipicios que sorteamos a un ritmo infernal.

Amanecimos en la frontera, tomamos un desayuno reparador, y nos dispusimos a cruzar a Villazón para aprovechar el día. Mientras hacíamos los trámites aduaneros y la milicada comenzaba su habitual verdugeo de aquellos años (aunque mucho más suave que el que le daban a los coyas), vimos aparecer por el ancho puente internacional la quitojesca figura del Flaco Tiscornia, quien llegaba alucinado de su fugaz paso por Bolivia. Nos abrazamos ipso facto, y reingresamos a la Argentina a contarnos las viajeras peripecias y a celebrar nuestro módico “Abril en La Quiaca”.
Nos subimos los tres al mismo micro que nos había llevado en volandas, pero esta vez descubriendo cada recodo de aquel camino sembrado de prodigios y maravillas. El Flaco siguió derecho hasta Jujuy, y nosotros nos bajamos en Humahuaca, y pasamos luego a Tilcara. Allí comenzamos otro viaje, el de dejarnos hechizar por el Norte, sus colores, sus sabores, su incaico pasado, su hermosa gente y sus susurradas historias. Y algunas noches, cuando me agarraba el Capricornio, me emponchaba con lo que hubiera a mano y salía a buscar el Halley, aunque más no fuese su cola, su estela difuminada que también faltó a la cita.

No importa, porque si lo hubiese visto tampoco le agregaría nada a esta historia que hoy escribo pensando en aquella barra de amigos. Importa sí que sepamos que alguna vez, y todavía, fuimos y somos capaces de soñar viajes, amores y osadías.

miércoles, 2 de abril de 2014

Recordando al arquitecto Osvaldo Cedrón




Este texto, testimonio, carta, gesto de amor, fue escrito pocos días después de que muriera Osvaldo Cedrón (arquitecto, docente, militante peronista). Un ser entrañable. Hoy no es el aniversario de nada pero no hace falta. Del “Cholo” es bueno acordarse todos los días. En los días de sol y en los otros. Especialmente en los otros para que igual salga el sol.

***


Mar del Plata, 20 de septiembre de 2005



Por Silvana Inés Lado de Cipolla.



Despidiendo al Cholo

Hoy hace un mes que perdí a Carlos y no puedo todavía escribir algo para él. Pero sí puedo hacer algo que él seguramente hubiera hecho de haber estado: escribir una despedida para el CHOLO.

No tuve la dicha de estar entre sus amigos íntimos, pero sí el honor de conocer al Cholo y disfrutar de sus charlas y anécdotas en reuniones con amigos comunes y en la Sociedad de Fomento. Y es por esos ratos compartidos que puedo decir que el Cholo era de esas personas que hacen que las palabras compromiso y solidaridad tengan algún sentido.

El Cholo llegó a Mar del Plata de la mano de su viejo que pensaba que esta ciudad era "la utopía socialista" y pronto se chocó con otra realidad. Y habrá sido por esa realidad y por ese ideal que el Cholito decidió comprometerse para que la ciudad fuera otra.

No conozco toda su trayectoria como arquitecto, y de eso podrán dar mejor fe los colegas, pero sí fui testigo de su trabajo en los planes de vivienda y de que sacaba de su bolsillo para pagar las cuotas de los beneficiarios porque "pobre pibe, la mujer quedó embarazada de nuevo y no puede pagar".

O como esa vez en que le entraron en su casa a robar y, además de ofrecerles el auto a los ladrones y ayudarles a cargar las cosas, como los chorros no sabían manejar los llevó él hasta la villa donde vivían y se vino "en bondi".

Ese era el Cholo. Preocupado siempre por los demás, por los que no habían tenido posibilidades, por los "descamisados". Porque el Cholo era profundamente peronista.

El Cholito siempre participó en la Sociedad de Fomento del barrio junto con Carlos que, al revés que el Cholo, era profundamente radical. En una elección de la sociedad de fomento, después de contar los votos el Cholo viene corriendo, se abraza a Carlos y grita "¡Carlitos, le ganamo´a los radicales!". Todos nos reímos a carcajadas y Carlos le aclara "Pero Cholito, yo soy radical". El Cholo se queda un segundo pensando, lo vuelve a abrazar y le dice "No importa, somos del pueblo, del movimiento nacional y popular"


No sé si el Cholo creía en el cielo. Pero como yo sí creo me lo imagino diseñando lugares con ventanales enormes para que entre mucha luz, peleando con San Pedro para que deje entrar a alguno que no tuvo una vida fácil y cayó en la tentación..., discutiendo mano a mano con el barba y tomándose un vinito con Carlos mientras arman un movimiento celestial y popular.

Una vez lo escuche al Cholo decir sobre alguien "es buena persona, pero tiene demasiada universidad". Y demasiada universidad no era buena si te embotaba el sentido de la calle.

¡Hasta en eso tenía razón el Cholo! Sólo la calle y la vida te enseñan la medida del adoquín cuando te golpea en la cara.



En este momento siento que nos quedan pocos locos cerca, que corremos peligro de que se extingan y perdamos a los que imaginan utopías y salen al ruedo a pelear para hacerlas realidad. Sin ellos el mundo se vuelve gris y aburrido. Así que si ven por ahí uno de estos locos lindos, abrácenlos fuerte para que no se vayan y convénzanlos pronto de que no se puede vivir sin aire.

Fuente: http://escuelaprimaria22mdp.blogspot.com.ar/2011/07/1era-propuesta-de-modificacion-del.html

jueves, 6 de marzo de 2014

El primo gramsciano



Cuando uno crece en una familia mitad peroncha y mitad zurda, se acostumbra a la aspereza de ciertos debates. Se sabe, por ejemplo, que toda calma es transitoria, y que en cualquier momento se pudre la raviolada porque alguno dejó caer una moneda de canto y algún otro se dispuso a definir su lado bolche o su lado peronio. En ese momento, todo se alborota sin prisa -pero sin pausa- hasta alcanzar un clímax de tensiones propio de los clanes sicilianos. Y encima, como si fuésemos poco diversos, una de las primas se trajo de Cuba a un tano del PCI.

Si mal no recuerdo, fueron bajando por el corazón andino de la América Latina, gozando de demoradas postas en sus comarcas más campesinas, agrarias e indígenas. Todo cuadraba bajo el exotismo con el que los europeos miran a los sudacas, y además el milanés se hallaba bajo los efectos narcotizantes del romance. Pero imagínense el malambo que se le hizo en el marote al pobre Luigi cuando finalmente llegó a esta Argentina cosmopolita, sin campesinado a la vista, con un PS inexistente, un PC minúsculo, y una clase trabajadora históricamente peronista. De entrada nomás, el gramsciano nos recriminó la inadecuación de la realidad con respecto a los libros. Es decir, a sus libros, porque mientras él nos tiraba por la cabeza los “Cuadernos de la cárcel” y citas escogidas de Benedetto Croce, nosotros le devolvíamos gentilezas con volúmenes de Cooke, Jauretche y el General. Él nos corría llamándonos fascistas, y los criollos le recordábamos suculentas anécdotas del Duce y sus dulces “camicie nere”. Todo con una cortesía, una franqueza y una pasión tipificadas en el Código Penal.

Pero la sangre nunca llegó al río porque, haciendo cada quien sus concesiones, siempre supimos manejar nuestras diferencias. Pero, además, porque el tano tiene un carisma impresionante y nos fue ganando los corazones a golpes de simpatía, una inteligencia notable, y algunas refinadas ironías como seguir diciéndonos “fachos” a los miembros peronistas de la familia. Así y todo, cierta vez Luigi logró unificar a la totalidad del primaje, sin distinción de banderías. Hablábamos de fútbol, más específicamente de los respectivos ídolos nacionales de este deporte, y seguramente ya hastiado de nuestro sideral fanatismo por el Diego, Luigi exclamó: “Basta!!! Maradona é solo un uomo!!!”

Para qué!!! Los gritos se escuchaban hasta el Marenostrum de los antiguos romanos, y debe haber sido algún dios de aquella estirpe el que salvó la vida del primo Luigi. En medio de iracundos aullidos, nos fuimos levantando de la mesa, mientras el italiano nos observaba como se supone que un danés decodifica a un somalí. Luego, pasó el tiempo, que todo lo tamiza y –dicen- cura las heridas. Nuestra prima y Luigi se casaron, y cada vez que pueden viajan desde Milán a la tierra de sus tíos y primos peronistas. Y nosotros, los exaltados, cuando limamos nuestros más abismales desacuerdos, volvemos a decir la frase que pone cada cosa en su lugar y vuelve el mundo a su tamaño original: “Maradona é solo un uomo!!!” 


Carlos Semorile

jueves, 20 de febrero de 2014

Sobre el Gran Circo Hermanos Corales



Hace algunas semanas, a raíz de circunstancias misteriosas y largas de contar (me abstengo), recuperé de un viejo cassete, un tango. Hasta ahí nada anormal. Resulta que el tango, hecho en Buenos Aires, era chileno y hablaba de mi barrio. Razón por la cual yo tenía ese cassete. Decidí ponerlo en Internet para que otros lo pudieran escuchar. El tango tenía una particularidad y es que evocaba lo que había sido ese barrio en los años 20-30. Entre otras cosas: un circo y una familia de artistas circenses, los hermanos Corales. Hete aquí que hoy ese video puesto en Internet recibió un comentario, de un familiar… de los Corales… Y entonces ahora sí no puedo resistir a la tentación de compartir el comentario, el tango, un texto relacionado con el rescate de la grabación (San Diego en el corazón). Y para los enamorados del circo, una reseña completa de los Hermanos Corales.  AGC.

***

Jueves 20 de febrero 2014

Está creación del gran Chito Faró, dedicado a mi barrio San Diego, en cuya letra, dice “Tarde de verano cuando llegaba el circo, y los mocosos descalzos corriendo tras el tony Chalupa; y Los Hermanos Corales” que emoción, Los Hermanos Corales, Ellos son: Mis tíos, Dalberto Tomas, Ramón y Mis tías; Luz, Orlanda, Catalina, Flor, Doris y mi Madre, Juana. Todos ellos los Hermanos Corales, del gran Circo Hermanos Corales, fundado por mi abuelo: Juan Corales González, El SEÑOR CORALES, junto con su esposa mi recordada, y añorada abuela doña: Sara Toro de Corales. Tantas emociones juntas, al oír esta creación, recordar a mis tíos y tías, a mis abuelos, y el barrio San Diego, donde crecí. Lugar juegos en la Plaza Almagro, tienda Zabala, que cada mes de marzo, era la primera en uniformes, aquellas matinés del cine Esmeralda, librería Marconi, farmacia Francesa, casa Sierra y casa Val, Mercado Sur. Calle San Diego, testigo silencioso de mis aventuras de juventud, cierro mis ojos y puedo recorrerte, San Diego, sin olvidar detalles, y recodo, desde Alameda, hasta Placer… algún día si Dios quiere he de volver a ti. Mis sinceros agradecimientos a la señora Lucia Nilo Vidal.


Mauricio Corales





jueves, 13 de febrero de 2014

Del cuaderno de Cándida - Pensamientos fragmentados



“No digo que sea una verdad. Pero sí una posibilidad. La función de un libro, a lo mejor, es acompañar. No enseñar, no revelar, no entretener. Todo eso puede ser, son otras posibilidades. Me imagino que no hay porqué elegir entre unas u otras. Pero me resulta reconfortante pensar que la función de un libro es acompañar. Exactamente como dos amigos pueden acompañarse uno a otro. Caminar un rato. Hablar o callarse. Hablar y callarse. Escuchar al otro. Sentir la suerte que uno tiene porque ese otro, es amigo. Es amiga. Llevarlo del brazo. Llevarla. O que te lleve. Todos los libros que he amado se parecen a mis amigos. Son amigos. Entonces la cuestión sería, para el que escribe un libro, cómo se quiere acompañar. Si uno va a andar a los gritos, golpeando las mesas, diciendo: he aquí una verdad. O si uno se va a poner a un costado, para que en el libro de uno, se expresen los demás. O… etc. Las posibilidades deben ser infinitas”.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Historia de la silla


Nos llega la noticia de la muerte de Santiago Feliú y, al menos para los de mi generación, es como si se nos hubiese muerto un hermano. Una muerte injusta, rastrera, con ganas de jodernos la vida llevándose a un tipo sensible, creador de piezas bellas y memorables, con una hondura y una mirada necesaria para el mundo.

Al menor de los Feliú lo adoramos desde sus primeras visitas a Buenos Aires, cuando el amor por Milanés y Rodríguez estaba más que cimentado. Pero Santiago era un par, era uno de nosotros encaramado a los escenarios con su timidez, su guitarra y su armónica. Era el muchacho al que podías saludar a la salida de un recital, y en una calle de San Telmo –mordiéndote los celos- permitir que tu novia le diese un largo abrazo y, a la cubana, un par de besos.

Fue el tipo que una vez dejó el alma en un Teatro IFT lleno de estudiantes barbudos, y muchachas fascinadas con su estampa. Ese día salimos cantando un grupo de amigas y amigos, y cantando tropezamos con una destartalada silla de mimbre que parecía salida de la canción de Silvio. Le hicimos, pues, los honores del caso, y cantando la llevamos hasta “La Verdulería”, donde inclusive nos retratamos con ella. Estábamos tan felices por el concierto de Feliú, que decidimos que la silla quedara entre nosotros como recuerdo de aquella noche de alegrías y canciones. Esa misma madrugada, beodos y todo, la llevamos a la imprenta que nos daba de comer en esos años y la instalamos en un rinconcito especial. 

Hace rato que la silla-tótem se desmembró, y ya hace muchos años que abandonamos el intento de saber quién es y de dónde salió una de las muchachas que nos acompaña en la foto de “La Verdulería”. Todo ello es accesorio. Lo único que importa es que al menos una noche en nuestras vidas supimos ser contemporáneos de un joven trovador enamorado. Y que, mientras vivamos, cantaremos sus canciones mientras evocamos su hermosa y ya eterna sonrisa.

Carlos Semorile

viernes, 7 de febrero de 2014

La cocina del cantar popular por Carlos Semorile


De entre las cosas que me enamoran de mi trigueña, destaco que suele cantar cuando se enfrasca en la cocina. No siempre, no todas las veces, pero, si está en vena, canta mientras amasa unos panes o prepara un postre. No es extraño que al escucharla evoque a mi joven madre, cuando se paseaba por la casa cantando La compañera, Merceditas o El Corralero. Con su hermosa voz educada en el coro del colegio de las monjas, ella podía pasar, sin demasiados conflictos, de algún villancico clásico a la Zamba del Chaguanco. Todas bellas canciones, pero a mí me emocionaba cuando arrancaba con estos versos: "Eras la tempranera, niña primera, amanecida flor, suave rosa, galana, la más bonita tucumana". No exagero si digo que, cuando mi churita cocina y canta, vuelvo a sentir que en el aire vibran los compases, pero también la sencilla elegancia criolla de La tempranera.

Todo esto viene a cuento de algunas charlas que desde hace tiempo venimos teniendo con el Tata Cedrón acerca de la música argentina. En un escrito anterior, conté sobre una juntada de cantores en la que, luego de hacer un repertorio de bellas zambas, huellas y estilos, surgió una reflexión colectiva respecto de que esa riqueza es nuestra, y que ella y no otra nos expresa. Allí decía que hace rato que el Tata viene bregando para que se conozca, se difunda y se valore el capital simbólico que encierra este “sonido criollo”, pero que tales cuestiones quedaban a la espera de un tiempo propicio. Que no es otro que este de ahora, en el que comenzamos a dejar testimonios provisorios, pero enjundiosos, de aquello que consideramos que debe ser pensado para que podamos modificar todo lo que sea necesario para que ese sonido criollo no se pierda.

Alguien podría preguntar, “¿pero, por qué habría de perderse?” Bueno, le responderíamos, por la misma razón que las mujeres ya no cantan en sus cocinas, y los señores ya no silban para acompañar los tangos que se les meten en el alma –como recuerdo lo hacía mi padre–. “¿Es que acaso alguien se lo ha prohibido?” No es tan sencillo como eso, les diremos con un resto de lecturas foucaultianas: el actual sistema de producción, distribución y difusión musical no precisa prohibir nada pues le basta saturar el mercado con “otras músicas” para que nadie tenga noticias de que existe una Zamba de la Candelaria o una Tonada del viejo amor. En concreto: si la hija de mi morocha, que también cocina bonito, tuviese su misma índole cantora no podría recorrer un repertorio que desconoce casi absolutamente. Y a no ser que uno crea que la Zamba de Lozano o la Milonga sentimental no merecen ser escuchadas, disfrutadas y atesoradas por las nuevas generaciones de argentinos, esto es ciertamente penoso.

Decíamos que estas líneas son provisionales pero, aún en su estado de transitoriedad, elegimos decir de entrada que nos enfrentamos a un enemigo al que no le conviene que nuestra diversidad musical se encuentre con los oídos que serían sus naturales destinatarios: los de nuestros propios compatriotas. Esa maquinaria tiene un rostro difuso pero no puede eludir tener, aunque más no sea, algún nombre: “el mercado”, sus “industrias culturales”. Seguiremos escrachándolos para que nadie se llame a engaño.

Carlos Semorile

lunes, 20 de enero de 2014

Estrellas - un documental de Federico León y Marcos Martínez

Agradecemos a Mónica Miller el habernos señalado este documental.

Sinopsis: "Un grupo de condición marginal encuentra que haciendo de sí mismo y utilizando sus casas como decorados puede encontrar una salida artística y laboral. Se mezclan actores profesionales con actores ocasionales, directores de cine con poetas villeros, productores extranjeros con amas de casa devenidas actrices protagonistas. Estrellas reflexiona sobre las formas de representar la pobreza, la moda de lo marginal, la autogestión como método de creación y supervivencia, los límites entre ficción y realidad".

viernes, 17 de enero de 2014

La Negra Ester - Roberto Parra / Andrés Pérez

La Negra Ester es una obra escrita en décimas por don Roberto Parra que narra un episodio autobiográfico. La obra de teatro fue montada en Chile a fines de los años 1980. Durante muchos años fue representada por este elenco que marcó tanto a su público. Este video rescata de una manera novedosa lo que fue esa experiencia teatral y músical llevada a cabo por el Gran Circo Teatro y cada uno de sus maravillosos artistas. 


sábado, 11 de enero de 2014

Los libros de la calle Tucumán - por Carlos Semorile

  Mónica sale de hacer un trámite en pleno microcentro, y camina hacia el hórrido “metrobús” bajo la canícula porteña. Avanza por Tucumán cuando de repente se topa con una escena de película: una decena de jóvenes, muchachos y adultos se arrebatan revisando los títulos de una montaña de libros que rebasan un container custodiado por unos laburantes.

Al principio, nada está muy claro: cómo llegaron hasta allí esos volúmenes, y quién o quiénes administran ese aquelarre de lectores abalanzados sobre el material? Alrededor, mientras tanto, los oficinistas, los profesionistas, pasan indiferentes a esta colmena que examina rápidamente y descarta, que hojea con fruición y, de alguna manera, se las arregla para asegurarse las obras escogidas. No hay tiempo que perder, se dice Mónica a sí misma, y alcanza a manotear Las olas de Virginia Woolf, uno de un escritor chileno, y otro de su amado Onetti. A su lado, temiendo acaso un malentendido, una señora le advierte que debe pagarle a los obreros. Mónica le muestra su cosecha a uno de los trabajadores, y este le dice que son quince pesos. Quince pesos, piensa Moni: “Menos que un café!”

Cuando horas después me lo cuenta en la cocina de su casa, en su cara se mantienen el asombro y la dicha. Porque más allá de imaginar al fallecido dueño de tamaña biblioteca –y a la desaprensiva familia que decidió tirarla a la calle-, le dura la felicidad de haber visto a ese conjunto de espíritus amantes de los libros. Pero, sobre todo, los rostros de los laburantes, ansiosos de saber qué mundos se abren detrás de todas esas palabras.

miércoles, 8 de enero de 2014

Sobre la realidad - Fedor Dostoievski



“Yo tengo mis ideas propias sobre la creación en arte, y aquello que los demás califican de casi fantástico y excéntrico constituye para mí muchas veces lo más característico de la realidad.

¡En cualquier periódico hallará usted relatos de los sucesos más reales y al mismo tiempo los más extraordinarios!

Pero, ¿quién va a fijarse en ellos, a iluminarlos y escribirlos? Son cosas de todos los días y todas las horas, y en modo alguno excepciones. ¡Qué estrechez y pequeñez en el modo de considerar y penetrar la realidad! Y siempre lo mismo, lo mismo.

Así dejamos que la realidad nos pase por delante de los ojos, sin verla”.   


Fragmento de una carta de 1869

lunes, 2 de diciembre de 2013

"Tu nombre es y será ternura" por Carlos Semorile



A mi madre no le gustaba su nombre. Alguna vez, siendo niña, juntó coraje y se lo planteó a su padre. Mucho tiempo después, Brígida contó la escena.

Alto, desgarbado, manos finas,
padre, no puedo olvidar tu tez cetrina.
Recuerdo tu dulzura cuando niña,
anudando ternura y rubias trenzas.

Tu nombre es y será ternura,
me dijiste, sentándome en tus faldas.
No habrá quien no te quiera, y me sacabas
el rouge de las mejillas cándidas

Siguió sin gustarle, y ya de grande le buscó la vuelta. “Brigitte”, cuando la Bardot estaba de moda, luego fue “Brigi”, que se pronunciaba “Briyi” y que derivó en “Briyis” para los más cercanos, y más tarde en “Gigi”, como la conocieron sus nietos. Mudanzas todas que no cambiaron lo esencial pues, como la diosa celta a la que debía el nombre, Brígida alimentó el fuego de la inspiración y las letras. Leyó mucho, al igual que su padre y sus hermanos, y como ellos también escribió algunas cosas. Semblanzas de una infancia que no fue fácil pero que, en su voz, se vuelve dulce.

Tres cuadras para arriba,
tres cuadras para abajo,
ida y vuelta cada tarde como una letanía,
y los hermanos tras los árboles espiando,
y contando luego lo que sus hermanas hacían.
¡Qué gracia nos causaban, su seguirnos, su osadía!

En la pieza angosta, en la pieza chica
no tan pequeña ya, junto a la madre
dormíamos, jugábamos unidos y
apretados como un haz de trigo.

Eso era en los duros tiempos del hambre. Cebolla, aceite, sal y esencias. Fue la comida del amor que nos hermanaba.

Y el pan con manteca tan dorado, caliente en largas marraquetas, o los churrascos, los mejores, hechos en el pequeño braserito al pie de la escalera.

“Apretados como un haz de trigo (en) los duros tiempos del hambre”, y sin embargo…

El carnaval más lindo que tuvimos era un patio largo lleno de agua, tapada la rejilla; los hermanos y la mamá jugando a que la vida era alegre, una eterna maravilla.

En el hall de mosaicos blancos, negros; paredes verdes al aceite donde aprendimos los primeros palos, las primeras letras, me veo como ayer un día de Reyes, mirando al aparadorcito, la camita de un juego de dormitorio tan celeste. Y en la noche anterior junto a la madre y los hermanos preparar el pastito, los zapatos, el pesebre donde el niño Dios dormía esperando amanecer con un juguete. También la imagen vuelve, todos parados arriba de la mesa, con los regalos, de vestidos, de zapatitos, que mi madre nos probaba, nos ponía, nos sacaba con alegría de recién nacidos.

Antes, cuando los padres aún estaban juntos, habían vivido en una casa más espaciosa:

Escalones altos que llevaban parecía al cielo, y Vos traviesa, pelito corto, dientes de conejo, te escapabas a trasponer las líneas que te llevaban con tu hermano a la libertad soñada de una puerta de calle; tu meta acariciada.

Ay, Rafael,
Rafael, cantábamos tras la celosía de la puerta ventana;
y el viejo enojado se volvía.
Nosotros,
pánico y risa,
escapábamos.

La veo como hoy y como siempre, cancel antigua y un largo corredor lleno de piezas de techos altos, paredes viejas. Allí jugamos nuestra infancia en aquella terraza de color rojizo, corriendo de punta a punta, con los frazadas tiradas por el piso, pellizcando el patay que se soleaba, mirando por la claraboya de color verdoso, o cambiando juguetes con la vecinita a cambio de unos higos verdes.

Y el padre a veces contando historias de luces malas en el campo; y de que él retornaría con el tiempo convertido en árbol.

Esa y otras historias del padre poeta, como un árbol de versos que buscaría siempre fuera y dentro de sí.
           
Te recuerdo padre, Padre Poema,
dulces palabras dichas con voz tierna,
baja, queda.
Quizá fue poco, nada;
quién decirlo pudiera;
pero calaron hondo en mi piel, en mi cabeza,
y hoy te evoco con corazón de niña,
y elevo un rezo, una plegaria,
brindo con vino y rosas
por el recuerdo de cuando fui niña.

Padre amado dónde estás...
Te he esperado tanto, te he buscado tanto
aún sabiendo y sin saber que estás en lo más alto de mí.
En cada pequeña canción, en los poemas,
en los poetas a los que amo tanto.
Porque amo los silencios y la noche
y recuerdo siempre tu bohemia y tu melancolía,
y en ese tu sentir
y en este mi permanente recuerdo
es que seguiré amando en silencio,
calladamente, cada cosa que te recuerde,
porque de Vos aprendí la ternura.
Pienso en el padre, en el poeta cada día.

Eusebio, el poeta, sembró palabras, pero Olga, la madre, fue el pilar que les dio cimientos firmes a los hijos.

Hay tanto resplandor en tu blancura, tanta mudez, tan larga espera, que si uno comienza a reconstruir al correr de la pluma lo que quiere decir el sentimiento, es como si te manchara, te ultrajara, porque estas líneas están llenas de tu ternura. Madre, derrama tu mágica luz por las mañanas.

Desde allí, desde ese rincón quiso modificar su mundo.
Derribar paredes..., comprar muebles pequeños, manteles de hilo...., tener la grande y hermosa cocina circular.
El espacioso living para que todo el que la visitara se hallara bien. Hoy sigue como entonces, en la pequeña silla de la penitencia.
Ojalá siempre continué allí.
Su corazón nos alberga a todos.

Llegaría el amor, y con el amor los hijos, la familia, la casa abierta a los amigos, a los compañeros y a la alegría.        

Pórtate bien, te digo
y tú sonríes...
Pórtate bien, repito
y tú me miras.
Quisiera estar segura
mi querido...
que te portes bien
porque lo quieres,
y también...
porque a veces
te lo pido.

Tú me ofreciste el pan,
la mesa compartida,
(la suma del amor hecha plegaria),
el llanto de los niños,
tu beso en mi mejilla,
y para siempre el calor
de tus benditas manos,
acariciando el nácar
de mi piel dormida.
Será el amor que llenará mis días,
agobio y alegría...
Tú estarás siempre en mí
volviendo cada día.

Vendrían los tiempos sombríos y, años más tarde, Brigi retrataría la luz y el sacrificio de Pablo, su hermano asesinado.

Y estarás siempre en mi memoria cuando el aire se llene de guitarras. Cuando miro el sol, lo evoco y veo su sonrisa amada. Iluminando el tiempo en que vivió y se dio a tantos por tan poco, mi querido hermano.

Pasaron los días, las inclemencias pasaron, y ella siguió escribiendo. Y preguntando…

Te busco Dios cada mañana
en la tibieza del sol de mi ventana.
Te busco en mi rosal florido,
hallándote en mi pena adormecido.

Hace algunos días, Brígida partió hacia el misterio. Se fue serena, tal como vivió o quiso vivir, sin apenas molestar a nadie. Tenía razón su padre: su nombre es y será ternura. Brigi hizo el resto. No hay quien no te quiera.

Tu hijo Carlos

miércoles, 23 de octubre de 2013

Virtudes Choique por Carlos Joaquín Durán

Había una vez una escuela en medio de las montañas. Los chicos que iban a aquel lugar a estudiar, llegaban a caballo, en burro, en mula y andando.

Como suele suceder en estas escuelitas perdidas, el lugar tenía una sola maestra- una solita, que amasaba el pan, trabajaba una quintita, hacía sonar la campana y también hacía la limpieza.

Me olvidaba: la maestra de aquella escuela se llamaba Virtudes Choique. Era una morocha más linda que el 25 de Mayo. Y me olvidaba de otra cosa: Virtudes Choique ordeñaba cuatro cabras, y encima era una maestra llena de inventos, cuentos y expediciones. (Como ven, hay maestras y maestras). Esta del cuento, vivía en la escuela. Al final de la hilera de bancos, tenía un catre y una cocinita. Allí vivía, cantaba con la guitarra, y allí sabía golpear la caja y el bombo.

Y ahora viene la parte de los chicos.

Los chicos no se perdían un solo día de clase. Principalmente, porque la señorita Virtudes tenía tiempo para ellos. Además, sabía hacer mimos, y de vez en cuando jugaba al fútbol con ellos. En último lugar estaba el mate cocido de leche de cabra, que Virtudes servía cada mañana. La cuestión es que un día Apolinario Sosa volvió al rancho y dijo a sus padres:

- ¡Miren, miren ... ! ¡Miren lo que me ha puesto la maestra en el cuaderno!

El padre y la madre miraron, y vieron una letras coloradas. Como no sabían leer, pidieron al hijo que les dijera- entonces Apolinario leyó:

- "Señores padres: les informo que su hijo Apolinario es el mejor alumno".

Los padres de Apolinario abrazaron al hijo, porque si la maestra había escrito aquello, ellos se sentían bendecidos por Dios.

Sin embargo, al día siguiente, otra chica llevó a su casa algo parecido. Esta chica se llamaba Juanita Chuspas, y voló con su mula al rancho para mostrar lo que había escrito la maestra:
-
"Señores padres: les informo que su hija Juanita es la mejor alumna".

Y acá no iba a terminar la cosa. Al otro día Melchorcito Guare llegó a su rancho chillando como loco de alegría:

- ¡Mire mamita,... ! ¡Mire, Tata... ! La maestra me ha puesto una felicitación de color colorado, acá. Vean: "Señores padres: les informo que su hijo Melchor es el mejor alumno".

Así a los cincuenta y seis alumnos de la escuela llevaron a sus ranchos una nota que aseguraba: "Su hijo es el mejor alumno".

Y así hubiera quedado todo, si el hijo del boticario no hubiera llevado su felicitación. Porque, les cuento: el boticario, don Pantaleón Minoguye, apenas se enteró de que su hijo era el mejor alumno, dijo:

- Vamos a hacer una fiesta. ¡Mi hijo es el mejor de toda la región! Sí. Hay que hacer un asado con baile. El hijo de Pantaleón Minoguye ha honrado a su padre, y por eso lo voy a celebrar como Dios manda.

El boticario escribió una carta a la señorita Virtudes. La carta decía:

-"Mi estimadísima, distinguidísima y hermosísima maestra:
El sábado que viene voy a dar un asado en honor de mi hijo. Usted es la primera invitada. Le pido que avise a los demás alumnos, para que vengan al asado con sus padres. Muchas gracias. Beso sus pies, Pantaleón Minoguye; boticario".

Imagínese el revuelo que se armó. Ese día cada chico voló a su casa para avisar del convite.

Y como sucede siempre entre la gente sencilla, nadie faltó a la fiesta. Bien sabe el pobre cuánto valor tiene reunirse, festejar, reírse un rato, cantar, saludarse, brindar y comer un asadito de cordero.

Por eso, ese sábado todo el mundo bajó hasta la casa del boticario, que estaba de lo más adornada. Ya estaba el asador, la pava con el mate, varias fuentes con pastelitos, y tres mesas puestas una al lado de la otra. En seguida se armó la fiesta.

Mientras la señorita Virtudes Choique cantaba una baguala, el mate iba de mano en mano, y la carne del cordero se iba dorando.

Por fin, don Pantaleón, el boticario, dio unas palmadas y pidió silencio. Todos prestaron atención. Seguramente iba a comunicar una noticia importante, ya que el convite era un festejo.

Don Pantaleón tomó un banquito, lo puso en medio del patio y se subió. Después hizo ejem, ejem, y sacando un papelito leyó el siguiente discurso:

- "Señoras, señores, vecinos, niños. ¡Queridos convidados! Los he reunido a comer el asado aquí presente, para festejar una noticia que me llena de orgullo. Mi hijo, mi muchachito, acaba de ser nombrado por la maestra, doña Virtudes Choique, el mejor alumno. Así es. Nada más, ni nada menos...

El hijo del boticario se acercó al padre, y le dio un vaso con vino. Entonces el boticario levantó el vaso, y continuó: Por eso, señoras y señores, los invito a levantar el vaso y brindar por este hijo que ha honrado a su padre, a su apellido, y a su país. He dicho ".

Contra lo esperado, nadie levantó el vaso. Nadie aplaudió. Nadie dijo ni mu. Al revés. Padres y madres empezaron a mirarse unos a otros, bastante serios.

El primero en protestar fue el papá de Apolinario Sosa:

- Yo no brindo nada. Acá el único mejor es mi chico, el Apolinario.

Ahí nomás se adelantó colorado de rabia el padre de Juanita Chuspas, para retrucar:

- ¡Qué están diciendo, pues! Acá la única mejorcita de todos es la Juana, mi muchachita.

Pero ya empezaban los gritos de los demás, porque cada cual desmentía al otro diciendo que no, que el mejor alumno era su hijo. Y que se dejaran de andar diciendo mentiras.

A punto de que don Sixto Pillén agarrara de las trenzas a doña Dominga Llanos, y todo se fuera para el lado del demonio, cuando pudo oírse la voz firme de la señorita Virtudes Choique.

- ¡Párense... ! ¡Cuidado con lo que están por hacer ... ! ¡Esto es una fiesta!

La gente bajó las manos y se quedó quieta.

Todos miraban fiero a la maestra. Por fin, uno dijo:

- Maestra: usted ha dicho mentira. Usted ha dicho a todos lo mismo.

Entonces sucedió algo notable. Virtudes Choique empezó a reírse loca de contenta.

Por fin, dijo:

- Bueno. Ya veo que ni acá puedo dejar de enseñar. Escuchen bien, y abran las orejas. Pero abran también el corazón. Porque si no entienden, adiós fiesta. Yo seré la primera en marcharme.

Todos fueron tomando asiento.

Entonces la señorita habló así:

- Yo no he mentido. He dicho verdad. Verdad que pocos ven, y por eso no creen. Voy a darles ejemplo de que digo verdad:

"Cuando digo que Melchor Guare es el mejor no miento. Melchorcito no sabrá las tablas de multiplicar, pero es el mejor arquero de la escuela, cuando jugamos al fútbol...

"Cuando digo que Juanita Chuspas es la mejor no miento. Porque si bien anda floja
en Historia, es la más cariñosa de todas...

"Y cuando digo que Apolinario Sosa es mi mejor alumno tampoco miento. Y Dios es testigo que aunque es desprolijo, es el más dispuesto para ayudar en lo que sea...

"Tampoco miento cuando digo que aquel es el mejor en matemáticas... pero me callo si no es servicial.

"Y aquél otro, es el más prolijo. Pero me callo si le cuesta prestar algún útil a sus compañeros.

"Y aquélla otra es peleadora, pero escribe unas poesías preciosas.

"Y aquél, que es poco hábil jugando a la pelota, es mi mejor alumno en dibujo.

"Y aquélla es mi peor alumna en ortografía, ¡pero es la mejor de todos a la hora de trabajo manual!

"¿Debo seguir explicando? ¿Acaso no entendieron? Soy la maestra y debo construir el mundo con estos chicos. Pues entonces, ¿con qué levantaré la patria? ¿Con lo mejor o con lo peor?

Todos habían ido bajando la mirada. Los padres estaban más bien serios. Los hijos sonreían contentos.

Poco a poco cada cual fue buscando a su chico. Y lo miró con ojos nuevos. Porque siempre habían visto principalmente los defectos, y ahora empezaban a sospechar que cada defecto tiene una virtud que le hace contrapeso. Y que es cuestión de subrayar, estimular y premiar lo mejor.

Porque con eso se construye mejor. Cuenta la historia que el boticario rompió el largo silencio. Dijo:

- ¡A comer ... ! ¡La carne ya está a punto, y el festejo hay que multiplicarlo por cincuenta y seis ... !

Comieron más felices que nunca. Brindaron. Jugaron a la taba. Al truco. A la escoba de quince. Y bailaron hasta las cuatro de la tarde.